Perder

    Desde pequeña le tengo pánico a perder las cosas. Soy una persona despistada y torpe y es muy común en mí dejar las cosas en un sitio y olvidarlas. Tengo muy buena capacidad de memoria, pero no retengo la información que no me interesa y por lo tanto no voy a recordar que, al llegar a casa, me he quitado el reloj y lo he dejado en la cómoda y no en la mesilla, como hago siempre. Tampoco voy a recordar lo que he comido hace dos horas, ni si anoche me puse todas las cremas o si queda tinta en la impresora de casa.

    Una vez perdí un anillo precioso de la madre de mi madre. Era adolescente y no estaba acostumbrada a llevar anillos. Por supuesto, a mi madre le dolió mucho. Desde entonces, en mí se instauró el terror a perder las cosas. Desarrollé un tic de comprobar que todo lo que he sacado de casa siga a mi alcance: compruebo mis bolsillos, mi bolso, mis pendientes, mis manos y sus anillos. No quiero volver a perder nada. Me fuerzo a recordarme dónde dejo las cosas o por lo menos lo intento. Aprendí lo que era tener cosas y no volver a tenerlas, que no haya manera de recuperarlas, el que se vayan para siempre.

    Mi miedo pasó de perder las cosas físicas a perder las cosas que no puedes agarrar ni comprobar que sacas de casa. Porque, ¿cómo compruebo si llevo la sensación de su mano sobre la mía? ¿Cómo compruebo si llevo las comidas en aquel restaurante italiano? ¿Cómo compruebo si llevo la tranquilidad de ser entendida y querida por como soy? ¿Cómo compruebo si llevo el sentirse deseada por primera vez?

    Los viajes en autobús a Toledo se acabaron un verano y no han vuelto. La cabina de interpretación desapareció un día de marzo y no ha vuelto. Mi abuelo falleció un 23 de febrero y no ha vuelto. Los paseos rodeada de clementinas y ocho patitas terminaron un día de octubre y no han vuelto. Las vueltas de madrugada a una casa ajena después de salir de fiesta acabaron en marzo y no han vuelto. Los enlaces de Spotify con canciones que se han vuelto mis favoritas se acabaron hace una semana y no han vuelto. No creo que nada de eso vuelva. Lo he perdido, lo tenía en las manos y se han extraviado. Algunas cosas no las busco ya. Otras sigo echando mano a mis bolsillos, mi bolso, mis pendientes, mis manos y sus anillos, por si me han olvidado ahí. 




      No están.

    Me gusta apoyarme en mis rodillas, agachar al cabeza y mirarme las palmas de las manos, vacías. Cierro y abro las manos, y las cierro y las vuelvo a abrir. No hay nada invisible que poder reconocer al tacto. Se han ido las cosas, las personas, los momentos y las rutinas. No las puedo buscar porque muchas de ellas las he perdido para siempre. Otras tantas ni siquiera llegué a tenerlas, solo las acaricié, pero se perdieron de igual manera. Cierro y abro las manos, y las cierro y las vuelvo a abrir. No, no están. Eventualmente levantaré la cabeza, haré mis otras tareas, saldré de casa y comprobaré mis pertenencias físicas, y me olvidaré también de que todo aquello se perdió. Y vendrá otro día y me acordaré de todo lo que estuvo y no ha vuelto y volveré a ponerme de rodillas, a mirar mis manos vacías y a buscar con el tacto algo que sé que ahí ya no está.



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